Palabras de otras lenguas

Los hablantes de todas las lenguas del mundo toman de otras palabras o expresiones que no tienen en la suya para designar objetos y acciones que han incorporado a su forma de vida y a su concepción del mundo. Esto se conoce como extranjerismo o, más técnicamente, como préstamo léxico.
 
Existen, al menos, dos formas de integrar en la lengua los préstamos: a) sin alteración de ningún tipo; y b) adaptándolos en mayor o menor grado a la estructura de la lengua receptora. En el primer caso se acepta el término extranjero con fidelidad a su forma original. En español lo normal es escribirlo en letra cursiva (también conocida como itálica o bastardilla).
 
Tal vez a alguno de ustedes, al consultar el Diccionario académico, le haya sorprendido encontrar algunos términos en cursiva. La RAE, en el Diccionario de la lengua española (22ª edición, 2001), dentro del apartado ‘Advertencias para el uso del diccionario’, advierte que los extranjerismos figuran en letra cursiva «cuando su representación gráfica o su pronunciación son ajenas a las convenciones de nuestra lengua». Es el caso, por ejemplo, de ‘rock’ (estilo musical o baile), ‘blues’ (canción o estilo musical) o ‘holding’ (sociedad financiera que posee o controla la mayoría de las acciones de un grupo de empresas). Y se registran en su forma original, con letra redonda, «si su escritura o pronunciación se ajustan mínimamente a los usos del español, como es el caso de ‘club’, ‘pizza’ o ‘airbag’ –pronunciados, generalmente, como se escriben–».
 
La otra posibilidad de integrar los préstamos consiste en adaptarlos. Esta adaptación puede ser fónica –con la consiguiente repercusión ortográfica– (como en ‘sándwich’, ‘chalé’, ‘carné’ o ‘escáner’) y también morfológica (como en ‘zapear’ o en ‘sandwichería’, para designar, respectivamente, la acción de cambiar reiteradamente de canal de televisión por medio del mando a distancia y el establecimiento donde se elaboran y se venden principalmente sándwiches).
 
Algunas muestras de este tipo de adaptación son: a) Los vocablos que en inglés (lengua de la que provienen la mayoría de los préstamos contemporáneos) tienen <s> líquida en inicial de palabra y a los que en su adaptación al español se les antepone la vocal <e> (esnob, estándar); b) La ausencia de palabras terminadas en <t> en español favorece los resultados ‘restaurante’, ‘chalé’ o ‘carné’, procedentes de los vocablos  restaurant, chalet o carnet; c) Los vocablos terminados en <–aje> procedentes de palabras francesas en <–age>, como ‘garaje’ o ‘bagaje’ (de garage y bagage).
 
Los procesos de adopción y posterior adaptación de los vocablos procedentes de otras lenguas son en realidad muestras de la creatividad léxica que poseen los hablantes. A quienes muestran reticencia o cautela ante los préstamos, puede que les tranquilice saber que palabras tan frecuentes y comunes hoy en nuestra lengua como ‘cacahuete’, ‘alpaca’,  ‘canoa’, ‘chocolate’, ‘patata’ o ‘tomate’, se incorporaron en el siglo XVI al español. Lo cierto es que la historia de las lenguas muestra que ninguna se ha visto libre de préstamos.
 
Otro asunto que no deja de tener cierta complejidad es la actitud hacia los préstamos. Muchos hablantes se quejan de un uso abusivo de palabras procedentes de otras lenguas tanto en los medios de comunicación como en la conversación cotidiana y no aceptan que, por ejemplo, teniendo en español un compuesto como ‘correo electrónico’, la gente utilice el anglicismo ‘e-mail’. La RAE, en el tratamiento de los extranjerismos en el ‘Diccionario panhispánico de dudas’ (2005), mantiene una distinción entre los que que denomina «superfluos o innecesarios» (aquellos para los que existen equivalentes españoles con plena vitalidad) y los «necesarios o muy extendidos» (aquellos para los que no existen, o no es fácil encontrar, términos españoles equivalentes, o cuyo empleo está arraigado o muy extendido).
 
En el artículo lexicográfico dedicado a los primeros, se censura el empleo de la voz extranjera y se presentan alternativas en español. Por ejemplo, bajo la entrada <abstract>, podemos leer lo siguiente: Voz inglesa que significa ‘breve resumen de un artículo científico, una ponencia o una comunicación, que suele publicarse junto con el texto completo’. Es anglicismo innecesario, que debe sustituirse por voces españolas de sentido equivalente, como ‘resumen’, ‘sumario’, ‘extracto’ o ‘sinopsis’. Y a propósito de la entrada <e-mail>: Término inglés que significa ‘sistema de transmisión de mensajes o archivos de un terminal a otro a través de redes informáticas’, ‘dirección para la recepción de mensajes enviados mediante este sistema’ y ‘mensaje así enviado’. Su uso –así como el de su abreviación ‘mail’– es innecesario, por existir alternativas en español en todos estos casos. La más frecuente en el uso es el calco ‘correo electrónico’, válido para todos los sentidos señalados.  Para referirse a la dirección, pueden emplearse también las expresiones ‘dirección electrónica’ o ‘dirección de correo electrónico’; y, para el mensaje, ‘mensaje electrónico’. También son válidos los términos ‘cibercorreo’, ‘ciberdirección’ y ‘cibermensaje’. Resulta inadmisible la adopción del recurso inglés consistente en utilizar una <e> (abreviatura extrema de ‘electronic’) a modo de sufijo o prefijo en español.

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